De entre las anécdotas de mi elección como alcalde del pueblo, la que se lleva la palma es ésta.
Había ido con el jefe al almacén y volvíamos de allí cuando por el camino nos cruzábamos con dos barrenderos (con los que hice amistad por ser vecinos de bajo comercial). Al llegar a su altura, comienzan a señalarme con el dedo y a hacerme señas como pasar el pulgar por el cuello a modo de intimidación.
En este punto, tú te quedas como flipado mirando a los personajes creyendo ser el protagonista de una película de esas en las que se reparten hostias como panes o esa otra en la que el jefe manda a sus secuaces a "acabar con el problema". No sabes si gritar "¡Acelera, joder, que vienen los zombis!", o bajarte del coche en marcha y ponerte en plan Chuck Norris o Jason Stathan (lo digo por "Transporter"...).
Al final ves que se descojonan de tu suerte y los compañeros de empresa de Ramonín te hacen pasar ese momento "¡tierra, trágame!" tan indeseado.
Dias después te encuentras a los mismos y te encaras con ellos en un "bis a bis" en una de las calles principales, donde por casualidad no pasa nadie, al estilo de los westerns, y les sueltas:
- "¿Y ahora, qué?. ¿Vais a seguir amenazando?".
entre risas, en medio de la calle, delante de todo el mundo, y ellos se ríen contigo, de los que recibes otro pésame más.
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